dimecres, 27 de maig de 2009

Erupción Pliniana


Algunas erupciones volcánicas, como la que tuvo lugar en Pompeya el 25 de agosto del año 79 d. C., pueden llegar a sepultar ciudades enteras, esto es debido a que la presión de los gases en el interior del volcán es muy fuerte y produce explosiones muy violentas. Este tipo de erupciones son las llamadas erupciones vesubianas o plinianas. Pues bien, el nombre de erupción pliniana se debe a que dicha erupción del Vesubio de el 24 de agosto del año 79, Plinio el viejo (escritor, científico y militar romano) queriendo observar el fenómeno más de cerca y deseando socorrer a algunos de sus amigos que se encontraban en dificultades sobre las playas de la bahía de Nápoles, atravesó con sus galeras la bahía llegando hasta Stabiae, donde murió debido a los gases expulsados por el volcán.

Tal suceso fue descrito por su sobrino Plinio el Joven, de ahí que en la vulcanología se haya denominado erupción pliniana a la erupción violenta de un volcán.

5 comentaris:

Epaminondas ha dit...

En efecto, Monterde. Plinio el Joven nos narra en dos de sus cartas (libro VI, 16 y 20) cómo fue la erupción del Vesubio.
En el enlace a la wikipedia que haces sobre la palabra Plinio el Joven se puede leer la carta del Libro VI, 16.
Aquí aporto fragmentos de la 20:
Había habido primero durante muchos días un temblor de tierra, que no causó un especial temor pues es frecuente en Campania; pero ciertamente aquella noche fue tan violento que se creería no que todo temblaba,sino que se daba la vuelta.
Ya había amanecido, pero la luz era todavía incierta y tenue. Ya los edificios de los alrededores amenazaban ruina y, aunque nos encontrábamos en un espacio abierto, pero estrecho, el miedo de derrumbamiento era cierto y grande. Entonces vivimos muchas experiencias extraordinarias, muchos temores. Pues los vehículos que habíamos mandar con nosotros, aunque el campo era completamente llano, empezaron a moverse en direcciones opuestas, y ni siquiera calzados con piedras permanecían quietos sobre el mismo sitio. Además, veíamos que el mar se retiraba sobre sí mismo y se replegaba como empujado por los temblores de la tierra. Desde luego, la costa había avanzado y gran cantidad de animales marinos se encontraban varados sobre las arenas secas. Por el lado opuesto una nube negra y espantosa, desgarrada por ardientes vapores que se retorcían centelleantes, se abría en largas lenguas de fuego, semejantes a los relámpagos, pero de mayor tamaño.
Ya caía ceniza, pero todavía escasa. Volví la vista atrás: una densa nube negra se cernía sobre nosotros por la espalda, y nos seguía a la manera de un torrente que se esparcía sobre la tierra. Apenas nos habíamos sentado un poco para descansar, cuando se hizo de noche, pero no como una noche nublada y sin luna, sino como la de una habitación cerrada en la que se hubiese apagado la lámpara. Podías oír los lamentos de las mujeres, los llantos de los niños, los gritos de los hombres; unos llamaban a gritos a sus padres, otros a sus hijos, otros a sus mujeres, intentando reconocerlos por sus voces; estos se lamentaban de su destino, aquellos del de sus parientes; había incluso algunos que por temor a la muerte pedían la muerte; muchos rogaban la ayuda de los dioses, otros más numerosos creían que ya no había dioses en ninguna parte y que esta noche sería eterna y la última del universo. Y no faltaban quienes, con sus temores irreales y falsos, exageraban los peligros reales. Venían a decir que en Miseno se había desplomado una parte, que otra estaba ardiendo; todas estas noticias eran falsas, pero encontraban quienes las creyesen. De pronto se produjo una tenue claridad, que nos pareció no el anuncio de la llegada del día, sino de la aproximación del fuego. Pero las llamas se habían detenido algo más lejos; luego las tinieblas vinieron de nuevo, las cenizas cayeron de nuevo, esta vez abundantes y densas. Poniéndonos de pie repetidamente la sacudíamos de nuestra ropa; de otro modo hubiésemos quedado enterrados e incluso aplastados por el peso. Finalmente, aquella oscuridad se desvaneció y se dispersó a la manera de humo o de una nube; después se vio la luz del día, un día verdadero; el sol también brilló, amarillento, sin embargo, como suele brillar en los eclipses. Recorríamos con ojos todavía aterrorizados todos los objetos cambiados y sepultados en una profunda capa de ceniza como si se tratase de nieve. Regresamos a Miseno y luego de haber recuperado nuestras fuerzas lo mejor que pudimos, pasamos la noche en tensión, suspensos entre el temor y la esperanza. Se imponía el temor pues los temblores de tierra continuaban, y muchos, que habían perdido la razón, con sus tétricos vaticinios convertían en objeto de burla las desgracias ajenas y las suyas propias. Nosotros, sin embargo, ni siquiera entonces, aunque hubiésemos sufrido los peligros y todavía esperásemos otros, teníamos la intención de partir, hasta que no tuviésemos noticias de mi tío. Adiós.

Bellos, conmovedores e interesantes testimonios.

Anònim ha dit...

aMuy buen post Victor!!!
La verdad es que es muy interesante este tema, no había escuchado hablar de las erupciones volcanicas plinianas. Esperemos que no hayan mas erupciones tan violentas como estas...

Anònim ha dit...

Ah!! Soy Ainara... XD

Elsa ha dit...

Ei, me ha gustado mucho el post, me ha parecido realmente interesante. Ojalá, pueda hacer alguna vez un viage, y así poder llegar a ver todo lo que queda.
Saludos!

Natalia ha dit...

¡Hola!

Sin duda, la erupción que lo cubrió todo de lava, ceniza y piedra pómez y arrasó a gran parte de la población a su paso, fue una auténtica catástrofe en la Antigüedad; pero si vamos más allá de la desgracia podemos ver todo lo que nos han enseñado los decubrimientos de las ruinas pompeyanas, que aún hoy consiguen transportarnos a ese 24 de agosto del 79 d.C.

La verdad es que son una maravilla los avances que permiten sacar a la luz ciudades como Pompeya o Herculano, ¡podemos aprender tanto paseando por sus calles!

¡Un saludo!